Un 24 de agosto de 1909 se hundía frente al puerto de Montevideo el vapor «Colombia»

Eran las 6 y 20 de aquella mañana, y el Teniente Máximo Santos arreglaba el empavesado en el mástil oficial del extremo de la rambla portuaria, cuando escuchó tres breves pitadas seguidas de otras, no menos rápidas, emitidas por una sirena de tono más grave.

Al mirar hacia la boca del canal, antes de ver había adivinado lo que ocurría. Sabía que el “Colombia” estaba a la vista y venía como siempre raudo, a toda máquina, buscando el puerto; y minutos antes había presenciado el lento desplazamiento del “Schleisen”, que lo abandonaba tras pesada maniobra.

Ahora el “Colombia” estaba atravesado a la entrada del antepuerto, con su proa hacia la escollera Sarandí, semioculto por el buque alemán y ya herido de muerte. Ante la vista del grupo que en la nueva dársena esperaba a parientes y amigos del pasaje, pero que no podía —ya no comprender— vislumbrar siquiera la magnitud de la tragedia que se estaba consumando, en contados minutos la proa del pequeño pero hermoso barco comenzaba a hundirse.

Como ocurre siempre en estos casos, parecía imposible a los de tierra, así como a los tripulantes de los numerosos lanchones y remolcadores surtos en la bahía y a los que desde el “Eolo” — que venía entrando detrás procedente de Salto — presenciaron la colisión o veían ahora a los dos buques detenidos, con apariencia de que todo estaba en calma a bordo, que aquélla pudiera tener tan tremendo y rápido fin.

Pero así fue, ante la consternación y asombro de todos y la angustia impotente de los que esperaban… Lo que no pudo creerse, sucedía irremisiblemente ya, antes de que llegaran al cercano lugar del choque las numerosas embarcaciones que en seguida pusieron proa al mismo, convergiendo desde todas direcciones en rápida respuesta a lo que aquellos toques de sirena significaban en las convenciones del mar.

Y a la vista del puerto, a contados metros de la escollera, quince minutos después el “Colombia” hundía su bauprés, herido de muerte por el flanco, levantando la popa para irse a pique de proa, casi rectamente.

El saldo trágico representó cerca de 90 vidas. El duplicado de la lista de pasajeros, proporcionado por la Compañía, arrojaba un total de 105; no figurando muchos menores que viajaban a cargo de sus padres y se ahogaron junto a éstos, sin que familiares lejanos o inexistentes reclamaran a unos y otros. Por su parte, el rol de navegación aseguraba la cifra precisa de 47 tripulantes. Sólo se sabe que de éstos, todos en pie a esa hora, conocedores del buque y de los recursos, se salvaron 36; de los pasajeros, 31. La mayor parte de las víctimas fueron mujeres y niños.

Fuente: BELLE EPOQUE

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