AMAPOLA y ANGELITO, la historia que no se olvida.

No han sido pocas las tragedias que han cobrado vidas en el mar, especialmente en el Puerto marplatense, pero el Amapola y Angelito, han quedado grabadas como un sello distintivo de la conjunción exacta de la tragedia y la solidaridad sin límites.

El 17 de abril de 1990 se producía un siniestro que marcaba un punto en la historia trágica de la pesca. Una historia que se llevó consigo a 16 vidas de pescadores, y que aún hoy permanece en la memoria de vecinos del Puerto de Mar del Plata, pero que se repite en cada momento que alguien visita la terminal marítima y pregunta el por que de los nombres de sus calles.

Para honrar ese recuerdo hemos decidido publicar un segmento del libro “MAR, historias de vida” de Héctor Edgardo Scaglione al cumplirce 36 años de aquel triste día.

…………. «El huracán ya genera olas que superan los veinte metros y los vientos a más de 200 kilómetros por hora resuenan sobre los cables de la arboladura, mástiles y antenas de radio como un lamento enervante que taladra los oídos, y el chiflete helado se filtra por todos los resquicios de la estructura haciéndonos tiritar de frío.

El barco trepa las gigantescas olas como si escalara montañas y una vez en la cúspide, queda suspendido. De pronto vuela, la proa y la popa asoman al vacío. La hélice gira enloquecida fuera del agua. Luego, en vertiginoso descenso por un tobogán fantástico y orlado de espuma, se desliza hasta el fondo del seno donde impacta en tremendo choque contra la masa líquida, el estruendo hace retemblar el casco, que descompone el agua del mar en millares de gotas que se desparraman por efecto del viento y golpean el frente del puente de mando como perdigones disparados por un arma descomunal. El ciclo se repite sin solución de continuidad. Mareo y vértigo son nuestros amos y señores, pero tercamente nos aferramos a la rueda de cabillas, sabiendo que de esa acción depende la vida de todos.

La vista panorámica desde el puente muestra un cuadro dantesco; crestas fosforescentes que por el soplido infernal desprenden espuma de sus penachos y las incorpora a la atmósfera saturada de agua dificultando la poca visión que tenemos. A nuestro pesar, es un paisaje de rara belleza y produce un efecto narcótico que serena los espíritus y nos convierte en espectadores privilegiados de primera fila, más aún cuando percibimos que la embarcación se comporta en forma más deseada que previsible.

En lo peor de la tormenta la radio sale de su letargo con los primeros pedidos de auxilio. Son ocho los buques de altura con problemas de máquinas que, al embarcar agua por las chimeneas hacen detener los motores y la estabilidad se compromete por la falta de propulsión, no poder mantener el rumbo o atravesarse peligrosamente a merced de las olas. La situación de estas embarcaciones se torna delicada. Ningún buque está en condiciones de prestar ayuda a otro. Todos en pugna, no teníamos otra disponibilidad.

El “Amapola” embarca agua en forma peligrosa y su capitán comienza a emitir pedidos de auxilio. Esta sin máquinas ni energía eléctrica… Se hunde.

El capitán del “Angelito” (del mismo porte) decide adoptar una actitud heroica -ayudar al hermano en desgracia- y opta por intentar tomarlo a remolque, maniobra que implicaría enormes riesgos.

Al aproximarse, un buque queda en la cúspide y el otro en el seno de la ola. Suben o bajan en movimientos constantes, espasmódicos e imprevisibles, fuera de control, hasta que las dos naves se tocan accidentalmente provocando un rumbo en la obra viva del “Amapola” y su situación empeora.

Después de varios peligrosos intentos, alcanzan a pasar el cable de acero para remolcarlo, una verdadera hazaña. Todos seguimos los detalles de estas maniobras a través de las radios, alentándolos para que la suerte los ayude y logren lo imposible. A los pocos minutos los del “Amapola” no pueden controlar la inundación y comienza a hundirse. El cable de acero unido a quien intenta salvarlo se tensa sobre las cornamusas a las que esta amarrado, apretándose cada vez más por efecto de la tensión extrema.

Del “Angelito” tratan de cortarlo con los elementos que tienen, pero no les alcanza el tiempo. El gran peso del buque siniestrado, va camino al fondo marino, unido firmemente al que le tendió la mano amiga y entre las olas tumultuosas también naufraga.

Después de una eternidad, de gran tensión y del grito desgarrador del último instante; sigue un prolongado silencio. Las radios enmudecen, nadie osa hablar ni puede salir del estupor. Mutismo general, elevado y ofrecido como responso a los que, envueltos en las olas partieron rumbo a las profundidades.

El viento furioso sigue bramando como si el Hacedor quisiera demostrar quién manda y que él puede hacer su voluntad como con todas las criaturas. Nos deja un regusto amargo y la pregunta sin respuesta: ¿Dios es omnipotente, justo o compasivo? Es solamente Dios y debíamos acatar su voluntad.

Otra vez el puerto de Mar del Plata amaneció de luto, y siguió por muchos días. Los familiares de los náufragos se resisten a aceptar el fin de la búsqueda y deambulan lastimosamente por los muelles tratando de encontrar alguna esperanza, que alguien les de una explicación y ellos poder entenderla. Solo obtienen miradas de conmiseración y un nudo en la garganta como muda respuesta.

Están ahí a pocas horas de navegación de Mar del Plata el desmesurado Atlántico los cobijó. Quedaron para siempre en el inmenso sepulcro marino -¿Solos?-…¡No!…Acompañados por el ulular del viento y el recuerdo afectuoso de los que los conocimos… En el corazón de sus familias y en la memoria colectiva de nuestra querida ciudad ………………»

Fragmento publicado en “MAR, historias de vida”

Héctor Scaglione

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